En los últimos diez años, Internet se ha encargado de demostrar que los seres humanos, a lo largo del tiempo, nos tomabamos las cosas con mucha calma. Tal vez se debía a que somos herederos de las cuevas, y alli la vida transcurría muy lenta, tan lenta como un bostezo.
En cambio, en esta última década nos hemos vuelto adrenalinadictos. Nos encanta la velocidad y experimentar nuevas formas más eficientes de hacer lo que habitualmente hacíamos. Todo crece con Internet, el nivel de afectación es general, no hay espacio para el sosiego. Las estadísticas muestran sin margen para la duda algunos cambios de la realidad que nos abruman, que son tremendamente impactantes, son palpables, reales. Veamos:
En apenas 10 años, los usuarios de internet en América pasaron de ser 20 millones en el 96 a 245 millones en el 2011; el tiempo de conexión se incrementó en ese mismo período de media hora por mes a 27 horas por mes; el tiempo de descarga de una página web se redujo de un minuto a seis segundos, la capacidad de almacenamiento de información se ha ido incrementando exponencialmente: bits, bytes, megabytes, gigabytes, terabytes, petabytes…un tercio del mundo ya está conectado, y no hay vuelta atrás.
Ha operado el tránsito de la unidireccionalidad a la bidireccionalidad; del usuario pasivo al usuario activo, al internauta generador de contenido, programador, opinador, en suma, un sujeto que toma sus propias decisiones en lo que tiene que ver con su presencia en la Red…o por lo menos así parece.
Ahora, cuál ha sido el precio de ese cambio vertiginoso que pocos cuestionan y muchos aplauden?. Por ejemplo, cómo ha afectado esta inmersión digital el proceso natural de aprendizaje de nuevas herramientas, de nuevos conocimientos, cómo ha incidido en la configuración de las conductas habituales del hombre de hoy?. Creemos que de varias formas, pero sobre todo:
1. Haciéndonos seres modelables. Nuestra conducta es incidida, predetermidada, modelada. Los deseos habituales son estimulados desde distintos frentes de interés, consumimos por reacción y no por acción, a menudo nuestra capacidad de decidir no es tan vasta como la propia conciencia, sino más bien orientada en la dirección predeterminada por los sujetos y factores modelantes.
2. Haciéndonos ansiosos. La consigna de estos tiempos es a una voz: por qué invertir tanto tiempo, de manera desasosegada, en leer, por ejemplo, grandes volúmenes y esperar que la anécdota se nos muestre tal cual en la última página; por qué seguir hojeando libros de la manera habitual, por qué una lectura por placer?…el internauta hoy va de texto en texto, lanzando hojeadas de ráfaga, brincando títulos a la carrera, deglutiendo frases, acumulando notas infinitas al tacto vertical de los ojos. No hay tiempo que perder - dice- la información ha de ser posteada, blogueada, twiteada, pero ahora, ya, en este instante.
Al final de esa carrera de vértigo, queda un hombre exhausto, curiosamente exhausto.
Y el precio?…la superficialidad. Como dice Nicholas Carr (Carr, 2011: 19), en el pasado fuimos unos buzos en un mar de palabras. Ahora nos deslizamos por la superficie como unos tipos sobre motos acuáticas.
Salve, pues, vida rasante!
Es de mañana y la lluvia comienza a caer menudita, leve, tan leve como una caricia.
Las gotas menudas se estrellan contra el vidrio y observo como se hacen riachuelos, hilillos que se deslizan al encuentro de la tierra.
Me invade la melancolía. La levedad de la lluvia es el motivo perfecto para que alguien sensible aprehenda mis hojas y las pase una a una, hasta que el último párrafo de la historia se haya contado de a poco, entre las manos y ojos felices de un lector agradecido. Es el deseo supremo del Libro.
Pero este no es mi caso. Permanezco aún vírgen a la curiosidad humana. Desconozco el placer del tacto de los ojos.
He ido cediendo al tiempo entre marrones en la tapa y un lomo deshilachado. Puntitos de años se han apoderado del papel y lo han envejecido. El color de las letras del título se ha vuelto cada vez más ténue y las hojas se adhieren día a día con mayor con fuerza a la tapa, ya sin esperanza de una mano y de unos ojos.
Vivo en un estudio de ventanales cuyo espacio se va llenando de otros libros que cada vez son más; algunos de tapas y colores vistosos, otros, menos agraciados pero igual de irreverentes, con esa típica actitud de los que suelen llegar con la certeza del dominio.
Yo los he visto llegar. Poco a poco se fueron apilando entre la caoba del estante, en el Chesterfield de piel vino envejecida, en las esquinas del salón, y hasta encima de las pequeñas escalerillas cuya función ha dejado de ser desde hace rato la de alcanzar los libros más altos. Todo se fue llenando de libros nuevos. Mientras tanto, yo entre ellos quieto, arrinconado, huidizo, temiendo desde mi estante más lejano el momento del desplazamiento total.
Allí, en ese espacio que he ocupado siempre desde el inicio de los días, he vivido a la distancia la rutina del lector: libros que van y vienen, libros que se abren en silencio y son acariciados, cuerpos y ojos axhortos mientras la espalda se reclina al placer de una historia bien contada. Libros nuevos que se van apilando prioritariamente, con la promesa del lector que llegará a veces, o no llegará nunca.
Desde mi soledad melancólica, me pregunto. ¿cuál es el propósito de un libro?…¿su sola tenencia justifica sus días?…¿qué criterios imperan para elegir uno en vez de otro?. Como en mi caso, ¿cuánto más he de esperar para tener la fortuna de un lector?
Después de muchos años, tal vez la respuesta la tenga ahora, en breve…
Justo ahora, el lector se ha levantado lentamente desde Chester. Elige a tientas uno. Lo ojea. Lo devuelve. Escoge otro. Lee un poco, de pie. Lo cierra y vuelve a empezar. Es ese el instante en que me mira atento por primera vez en muchos años. Se detiene justo enfrente. Estira la mano. Ha llegado la hora.
Minutos más tarde, un libro nuevo y pretencioso yacía en mi lugar en el estante.
De mí sólo se sabe que he ido a parar, viejo e intacto, a cualquier lugar…sí, a cualquier lugar.
Vivimos en la era de la imagen y todos -o casi todos- tenemos cierto afán por mostrar los mejores atributos o circunstancias propias, de terceras personas, o simplemente de los hechos o cosas que están a nuestro alrededor.
La tecnología facilita hoy ese afán: desde cualquier dispositivo móvil se puede tomar una fotografía y en apenas segundos colgarla en nuestra página web personal, en el blog, o si se prefiere, compartirla con las demás personas que seguimos o nos siguen en las cuentas de las redes sociales, o subirla a redes temáticas como Flickr, que ya tiene almacenadas más de 5 mil millones de fotos provenientes de la actividad prolija de sus usuarios.
A propósito de Flickr, recientemente leíamos el top 5 de las fotografías más populares, correspondiendo el privilegio de encabezar la lista a la foto del rayo que impacta a un arbol, del finlandes Niklas Montonen. Y por qué a ella?… bueno, por el número de visitas, la cantidad de comentarios, la actividad generada en las redes sociales, la cantidad de usuarios que la tienen como favorito, etc.
Los criterios anteriores son útiles para posicionar la fotografía en el ideario de la red, para hacerla visible, sobre todo por su atributo de oportunidad. Sin embargo, esto nos plantea varias interrogantes. Veamos algunas. i) Cuándo una fotografía está protegida?, ii) qué derechos tiene el autor sobre ella?, iii) qué implicaciones tiene el uso de ella en las redes sociales?. iv) cuál es su plazo de protección?.
1. Cúando una fotografía está protegida como obra?. Hay dos tipos de fotografías: las que están protegidas como obras por el derecho de autor, y las que son consideradas meras fotografías. Para que una fotografía esté protegida como obra del ingenio, debe tener caracter creativo, ser la expresión intelectual de su autor y tener características de originalidad. Las meras fotografías, en cambio, no tienen atributos de originalidad, y por lo tanto no pueden invocar protección como obras del ingenio. Ejemplo de este último caso son las fotos de grupo, o familiar, o de evento sociales, en las cuales no haya habido mayor aporte creativo, etc.
2. Qué derechos tiene el autor de una fotografía?. Basicamente dos tipos de derechos: a) derechos de orden moral, tales como el de paternidad sobre la fotografía y de integridad de la misma, y b) de orden patrimonial, los cuales están representados por las diferentes modalidades de explotación o de utilización posibles que pueda hacerse de ella. Los primeros son inalienables, intransferibles e inembargables. Los segundos pueden ser transferidos a terceros, de manera gratuita u onerosa.
3. Qué implicaciones tiene el uso de una fotografía en las redes sociales?. Como ya lo dijimos en una pasada entrada de este blog, el usuario de las redes sociales, al darse de alta en ellas, conviene expresamente en otorgar una licencia (autorización) no exclusiva y transferible para la utilización de los contenidos, básicamente bajo las modalidades de comunicación, reproducción, y distribución. La licencia se corresponde con la naturaleza del servicio, pues no tendría sentido ser usuario, proveedor de contenidos de la red, sin que ésta tenga la posibilidad de utilizar dicha información. En lo que respecta especificamente a Flickr, cuando cargas una foto, se crean múltiples copias de ésta, junto con cualquier información sobre etiquetas, grupos o álbumes que hayas especificado en la carga. Toda esa información se almacena en diversos servidores ubicados en distintos lugares de los Estados Unidos, o cualquier otro país que ellos decidan. En resúmen, las fotografías siguen siendo del autor, flickr tiene una licencia del autor para usarlas, basicamente mediante la modalidad de reproducción, y el resto de los usuarios hemos de tener presente que el hecho de que las fotografías estén publicadas en Internet, no significa en modo alguno que puedan ser utilizadas de cualquier modo o a través de cualquier procedimiento. No. Para ello se requiere la autorización expresa del autor de las fotografías allí publicadas, salvo que las mismas hayan sido cedidas por el autor bajo una licencia Creative Commons, o pertenezcan al dominio público.
4. Cuál es el plazo de protección de la fotografía?. A diferencia de la mayor parte de las demás obras del ingenio, la fotografía se protege durante un plazo contado desde el momento de su publicación. El Convenio de Berna Para la Protección de las Obras Literarias y Artísticas (art. 7,4) establece un plazo de protección no menor a 25 años. Sin embargo, la tendencia es que ese plazo sea por lo menos el que corresponde al resto de las obras protegidas según la legislación de cada país, o el convencional de 50 años, previsto en el artículo 7 del citado Convenio de Berna.
De manera pues, que en cuanto a la protección de la fotografía, hay que tener en cuenta otros aspectos más allá de la viralidad, mucho más que la visibilidad, más que su exposición pública. Lo relevante en este asunto es crear conciencia de que detrás de cada fotografía hay un ser humano con talento y capacidad intelectual para producir imágenes con características de originalidad, con elevados atributos estéticos, y que tales aportes creativos, cualquiera sea su mérito, llevan la impronta de su autor y sólo a él corresponde determinar su destino.
Por su parte, nosotros, los usuarios de imágenes, hacemos bien en tener en cuenta estas breves reflexiones respecto a la protección de la fotografía, no vaya a ser que terminemos como el árbol en la foto de Montonen: partidos por un rayo.
Las redes sociales suelen parecer, a veces, una especie de Coliseo Romano donde unos hacemos de leones hambrientos y otros de gladiadores culpables y andrajosos.
Por supuesto, no solamente son actores el afán del león y el temor de la víctima, también juega un rol de primera el griterío del gran público que no tiene el poder de las fauces, pero disfruta del olor de la sangre. En definitiva, no importan las razones…cuenta el circo.
El detonante es variadísimo: desde un comentario tipo Alicia Machado o Bisbal, hasta una frase mal hilvanada o un comentario no sesudo; desde una simple falta de empatía con el otro, o una asimetría, o un bemol, hasta un rencor bien guardado o una envidia mal disfrazada. Todo sirve para dar inicio a la carrera de las fauces tras la presa.
Así es este juego, y así será hasta el fin de los días. Todos jugamos en las redes al león que somos, mientras nos toca el rol de la victima que seremos.
En las redes sociales online la gente aplaude la libertad y los movimientos de neutralidad de la red, su independencia, la inconveniencia de la ingerencia de los entes regulares, etc. Aboga por una libertad de acción, una especie de auto-gobierno, donde el hacer esté regido por el sentido común. Hasta ahí todo bien.
El problema viene cuando, como una especie de nubarrón diluviánico, se desprenden las gotas sin importar que no sea el tiempo habitual de las lluvias, y se forman ríos a borbotones que lo arrasan todo de improviso. En suma, esa libertad mal entendida de decir de los otros lo que nos de la gana, afirmando y divulgando públicamente sin reparos todo cuanto nos parezca, todo cuanto deseemos según nuestras motivaciones, sin importarnos un bledo sus implicaciones.
Nos referimos a la difamación.
La difamación como el acto de afirmar o divulgar respecto de un tercero un hecho que lo perjudique en su honor o reputación. Basicamente, divulgación de juicios ofensivos, delictuosos o inmorales ante varias personas separadas o reunidas que causan un menoscabo en el honor de la víctima.
En ese sentido, para que haya difamación en la conducta del agente activo tienen que concurrir, por los menos, las siguiente carácterísticas:
1. Afirmación o divulgación de un hecho referido a otro. La afirmación ha de hacerse ante dos o más personas, juntas o separadas, a través de cualquier medio o procedimiento. En este sentido las redes se han convetido en mecanismos usados a menudo con estos propósitos, bien por medio de tweets, retweets, entradas en blog, comentarios en sitios web, videos, fotografías, etc. Cabe destacar que aunque en Internet no hay una reunión de personas en los términos habituales, fisicamente presentes, lo que hace público el contenido es su puesta a disposición en la red, la posibilidad de que varias personas, reunidas o no, puedan accederlo desde cualquier lugar donde se encuentren.
2. Existencia de Dolo. Juridicamente, como dice Jescheck, conocer y querer los elementos objetivos que pertenecen al tipo legal. Esto es, tener conciencia de la naturaleza dañosa de nuestros actos difamatorios y aún así querer sus resultados.
3. Lesión en el honor o reputación. La afirmación o divulgación no se basta a sí misma, tiene que tener la suficiente entidad para causar el daño, y ese perjuicio debe estar referido al honor o reputación de las personas. Ha de causarle una merma, una desmejora, un impacto que ponga en tela de juicio la imagen habitual y el conocimiento que tienen los demás acerca de la víctima.
La red es libre, y esa libertad da para todo -parece ser la consigna en estos tiempos.
Pero no es así.
Existe un sistema legal de responsabilidad por acciones y omisiones, y por cierto ni se puede alegar en descargo propio la ignorancia de la ley ni la propia torpeza. Hay que ser libres de pensamientos, y cuidadosos de acción. Nunca emprendamos una campaña en las redes sociales cuyas implicaciones no estemos dispuestos a asumir. Evitemos, por ejemplo, incurrir en afirmaciones contra terceros que puedan afectarlos en su honor y reputación, ni tampoco nos hagamos eco, por solidaridad automática, de afirmaciones públicas de otros formuladas contra terceros.
En suma, no acosemos a los gladiadores, no vaya a ser que se conviertan en leones.
La lectura no es un oficio, es un compromiso con el alma, con el espíritu.
Quien lee por convicción no asume una tarea que culmina en el último folio. Por el contrario, se entrega a una aventura que comienza en el tacto y en los ojos y se va desparramando luego por todos los sentidos, hasta que el ser humano que somos queda totalmente atrapado en una especie de burbuja de sensaciones deliciosas que se acrecientan justo al final de ese camino.
Desde los comienzos, cuando la lectura se hacía en voz alta, el hombre no ha buscado en ella sino el placer de la aventura, la complicidad de las melodias en las palabras bien dichas, el regusto por el significado y la promesa absoluta del saber.
Ese gusto por el significado y la promesa del saber es horizontal. Se busca en cada hoja de un lado al otro, se palpa con cada ojo en una danza suave, muy suave, de izquierda a derecha, por lo menos es así en nuestra cultura. El acto de leer comienza con el tacto, sigue con los ojos y termina con el corazón. El ritual es horizontal porque el lector va engullendo sin prisa cada letra de cada palabra de cada frase, al tiempo que en el cerebro se le va dibujando el significado, el mapa del entendimiento y del saber.
Pero hoy en día las cosas son diferentes.
La lectura no es ya en estos tiempos un ritual para iniciados, sino más bien una actividad de masas -una más entre tantas de esta era vacía- venida a más por obra y gracia del culto al perfil. Todos, o casi todos, podemos leer hoy cualquier cosa, a través de diferentes formatos, y ufanarnos de ello no a la manera de Borges, el gran lector, sino por el simple hecho de leer y poder reenviar o compartir a la velocidad de 140 kilometros por tweet, las lineas que hayamos podido “ver” a la carrera. Hay un afán por mostrar a conciencia nuestra poquedad de espíritu.
El acto de leer ha dejado de ser un goce y se ha transformado en una pose. La lectura hoy es vertical. He aquí algunas señales de ello:
1. La lectura de arriba hacia abajo. Todos tenemos premura. Leemos de todo y para todos. Pero esa lectura es a prisa, de arriba hacia abajo, una especie de mirada ligera desde el título, siguiendo con las ideas principales y leyendo apenas el cierre, lo cual nos parece suficiente para crear el mapa del saber, nuestro ideario personal respecto de los temas que leemos, aunque a decir verdad no nos hayamos detenido ni un segundo a analizar absolutamente nada.
2. El afán de decir. Ello es consecuencia de la primacía hoy del habla sobre la escucha. Las personas quieren hablar a toda costa, pero no escuchar a nadie. Cuando alguien habla, los que permanecen callados no lo hacen escuchando sino anciosos a la espera de su turno para hablar. No se asume el silencio como aprendizaje, sino como estrategia. Esa es la razón por la que al toparnos con alguna información no la leemos concienzudamente, la revisamos verticalmente y de un solo click la ponemos a andar para no quedarnos atrás en eso de decir algo.
3. El manejo de datos, no de información. Las tablas, los papiros, el papel, los formatos digitales …todos han sido en su momento soportes para fijar los datos. Por su parte, los sitios web, los blog, el correo electrónico, los grupos de chat, etc, son mecanismos de hoy para intercambiar contenidos. Las personas ahora disfrutan de esa variedad de herramientas, de esas posibilidades ilimitadas de intercambio, crecen las fuentes, se diversifica el mensaje, se multiplican exponencialmente los datos. No obstante, ese crecimiento no se traduce en mayor información; paradojicamente la profusidad en los datos genera una especie de colapso … una incapcidad material de generar saber.
4. La irreflexión. El dramaturgo Jean Claude Carrière dice echo de menos, sobre todo para las escenas dialogadas, los borrones, las palabras anotadas al margen, ese primer estadio de desorden, flechas que van en todas las direcciones y que son una señal de vida. Pues sí, decimos nosotros, qué sentido tiene la lectura como herramienta y no como goce; por qué prescindir del ritual íntimo de la lectura como bálsamo, como búsqueda. Hay que tomarse el tiempo e ir de espacio al encuentro de los significados y sus revelaciones más íntimas.
Ante una realidad como la que esbozamos, nada como una invitación al origen, ese estadio del lector primario de ojos acuciantes, pero atentos; de manos inquietas, pero sabias. Ese estadio en que el ser humano, cualquiera sea la naturaleza de sus lecturas, prepara a diario su alma para apoderarse de ellas y estamparles su huella personal, como dice Umberto Eco, ahora y para siempre.
La amistad es una cuestión seria.
Ser amigos entre humanos significa intercambiar intereses triviales o de mayor de entidad, pero sobre todo es alianza voluntaria de afectos entre seres cuya química personal está destinada a compartirse.
La amistad, como toda empresa seria, se construye de a poco, con constancia, con transparencia, generando coincidencia en los propósitos cualquiera sean éstos, y abonando a diario en esa entrega mutua para que no desmaye, para que no muera.
En las redes sociales los propósitos y los tiempos son diferentes. Lo que la gente espera en las redes es más rápido, la demanda de atención es mayor, los objetivos no son de afectos sino de visibilidad, de presencia. ¿Cuántos “amigos” necesito para hacerme visible? ¿cuántos contribuirán a ello?
En Internet uno de los términos en boga es la “viralidad”. Viral para indicar que gusta, que se contagia, para referirse a algo sobre lo que todos hablan, que siguen, comentan, que agrada a la mayoría.
Aplicada a la “amistad” 2.0, podriamos decir que es esa situación en la que por alguna circunstancia nada excepcional, pero innata, terminamos accediendo a una red en la que nuestra presencia se va contagiando exponencialmente de círculo en círculo, hasta cubrir un espectro suficientemente amplio de por lo menos 6 círculos de influencia, en los que somos “endiosados” a punta de RTs, menciones, #FF, like, etc.
Esa “amistad” nos encanta, pero tiene sus bemoles, como diría un grande y querido compositor venezolano. He aquí algunos:
1. Contagia. Claro, esa es la idea. Si es viral se regará como la polvora y todo el mundo en estos 6 círculos hablará de tí hasta en la sopa y predicará a los cuatro vientos que eres lo más extraordinario que se ha creado, después del sexo.
2. Es superficial. Nada de intensidades. Basta unos cuantos tweets, menciones, #FF y uno que otro DM que se deje caer como el que no quiere la cosa para que los amigos de redes se juren “amistad eterna”, y por nada del mundo es necesario que cada quien llore en el hombro del otro, o mejor dicho lagrimee en el teclado del amigo en desgracia. Basta el “ánimus amistatum”.
3. Es temporal. Eso de amistad eterna y todas esas linduras está bien en el mundo off, pero en el mundo on la cosa es diferente. Podremos ser muy panas panitas del alma en Twitter y Facebook pero si el número de seguidores y amigos se inclina a uno de los lados y el otro queda rezagado, no les quepa la menor duda que ese perfil potenciado asi de seguidores se inflará como un globo y las viejas amistadas rezagadas quedarán para el olvido.
4. Cesa. Las amistades virales nacen, crecen vertiginosamente, y de la misma manera se enfrían y desaparecen. Sólo unos pocos hacen honor a su declaración inicial de amistad y permanecen allí, fieles, inamovibles como un roble, cualquiera sea la suerte que hayamos corrido. En este caso el virus ha dejado de ser tal y se ha transformado en algo más consciente y más humano.
Así de cruda es la realidad viral. AL final, cuando aún disfrutamos de algunos restos de esos prolongados 20 minutos de fama que nos tocara en suerte en las redes sociales, cuando aún pensamos en lo felices que fuimos con tanta atención de amigos 2.0 que de la noche a la mañana levantaron vuelo, como las golandrinas, nos percatamos de los amigos habituales. Esos amigos que siguen ahí y a quienes por culpa de estas benditas redes sociales teníamos como alejaditos, y entonces nos entran unas ganas enormes de decirles despacito, muy despacito, como dice Albert Espinosa:
“Si tu me dices ven lo dejo todo, pero dime ven”.
Los desencuentros entre humanos pares es una cuestión de valores…o de razones no tan elevadas.
Lo relevante en el disentir no está en sí mismo, sino en el hecho de que se incrementa la participación, crecen los puntos de vista distintos, se confrontan las ideas y las razones, se siembra y germina en campo fértil para la diversidad.
Lo pernicioso, sin embargo, es cuando el disenso se construye sobre la base de supuestos para cuya concepción se parte de premisas erradas.
Es el caso de la discusión actual entre quienes por un lado entienden cultura libre como cultura gratuita, y por otro los que sin negar las bondades del término, reivindicamos el rol de los creadores como parte integrante de la cultura, y por lo tanto, impulsores fundamentales del hecho cultural. Cultura como manifestación del hombre y para el hombre, cultura como herramienta para crear valores, modelar conductas, en fin, forjar mejores ciudadanos.
A continuación 4 consideraciones acerca de esta discusión.
Uno. Cultura libre no es cultura gratuita. La libertad en la cultura no tiene que ver con el precio, tiene que ver con las restricciones para su uso. Cultura libre significa crear las condiciones y generar políticas que posibiliten y faciliten la utilización de obras, prestaciones artísticas, y manifestaciones del folklore.
Dos. Cultura y dispositivos. La cultura libre no está reñida con dispositivos de auto-tutela ni con las medidas tecnológicas y de protección para la gestión de derechos. Estas medidas, consagradas por, ejemplo, en los llamados Tratados Internet de la OMPI sobre derecho de autor y derechos conexos, son completamente factibles para lograr la protección de los contenidos. Lo que se cuestiona de ellas es que puedan ser abusivas, prolijas, injustas, que impongan restricciones excesivas, que restrinjan de manera sustancial el acceso libre a los contenidos culturales.
Tres. Acceso a la cultura y derechos de los creadores. Sectores hay quienes afirman en la discusión que el derecho a la cultura está por encima del derecho individual de cada creador a que sus obras sean protegidas y recibir los beneficios que se generen por la utilización. Pues no. Entre el derecho de acceso a la cultura y el derecho de autor de los creadores no existe una relación de jerarquía, sino más bien de contenido a continente. El derecho de autor es parte integrante de la cultura, es un derecho humano, es la remuneración justa a la cual tiene derecho todo trabajador, en este caso un trabajador cultural, que además le sirve como estímulo para seguir creando y por ende, para seguir generando cultura. Ambos derechos se complementan en los propósitos, y así ha quedado establecido en el artículo 27 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Cuatro. El derecho de autor no es una barrera. El derecho de autor es un atributo, moral y económico, a favor de los creadores de obras literarias, artísticas y científicas. No constituye ese haz de atributos un obstáculo para que se usen las obras. Por el contrario, gracias a ellos los autores consiguen la contraprestación que les garantiza seguir produciendo contenidos culturales. La autorización previa de ellos y el pago de un precio para su utilización constituyen uno los componentes que integran el sistema de intereses. Por un lado de quienes desean acceder a los contenidos, y por el otro de quienes lo producen o lo crean. En el primer caso, accediendo a ellos libremente, sin restricciones. Y en el segundo caso, otorgando licencia previa y recibiendo la contraprestación económica que corresponda.
¡Nos corresponde a todos, con vocación de celadores, velar por ese equilibrio!
El hombre, aún en la cavernas tuvo vocación de nodo. La precariedad de las comunicaciones en ese entorno primitivo no era una cuestión de actitud propia del hombre hacia el aislamiento, sino más bien de la existencia de recursos materiales primarios y escasos, cuyos atributos no podían generar sino resultados de interacción realmente incipientes.
Por eso el hombre optó por el fuego y se hizo del humo, y en las cavernas grabó los mensajes en imágenes de animales y otras formas diversas, experimentó con las danzas tribales, con los cánticos de guerras, con los sonidos guturales…todo ello con el propósito de ser más allá de él, de crearse un entorno, y por qué no: crear de esa manera redes primitivas de interconexión que le aseguraran su propia supervivencia, y la de su tribu.
Hoy en día, el fenómeno de las redes sociales se basa precisamente en la lógica interactiva y multinodal de Internet. Cada ciudadano conectado es un nodo y cada nodo tiene un rol. La fortaleza de las redes sociales es proporcional al grado de madurez y conciencia de sus partes, de sus nodos, y esa fortaleza crea paradigmas, valores, que terminan siendo la guía de una comunidad en un tiempo determinado y a partir de la cual se modelan sus conductas.
De modo, pues, que las redes sociales se han ido convirtiendo vertiginosamente en una especie de laboratorio global donde se alojan los sueños, se reciclan las ideas, y nacen las soluciones. Son una especie de detonante tirado por muchos hilos, articulados globalmente sólo por la buena conciencia.
Su fortaleza reside, entre otros aspectos, en los siguientes:
1. La Interconectividad. Es uno de los elementos claves de la red. Seres en puntos diversos y distantes del planeta están conectados con comunidades de intereses afines, sin que se conozcan previamente y sin que hayan tenido que hacer importantes inversiones previas de movilización para reunirse y conocerse.
2. Informacionalismo. Este es un término acuñado por Manuel Castell en la Sociedad Red para definir al nuevo paradigma tecnológico que constituye la base material de las sociedades de comienzo de siglo XXI . Está basado en el aumento de la capacidad de procesamiento y de la comunicación humanas, y su característica principal es precisamente esa capacidad auto-expansiva de procesamiento y de comunicación en términos de volumen, complejidad y velocidad. (Castells, 2004).
3. La horizontalidad. Las redes sociales son horizontales por naturaleza, en oposición a los sistemas verticales de interacción y control humanos, típicos de los sistemas de organización política tradicional, o empresariales más conservadores. La horizontalidad es una feliz consecuencia de la irrupción de la tecnología a gran escala, del acceso masivo a los dispositivos de interconexión, de la espontaneidad, del empoderamiento ciudadano.
4. La conciencia de enlace. Las redes sociales están conformadas, primordialmente, por dos grandes componentes: infraestructura y seres humanos. Las personas son el componente vivo de ese gran sistema de red, nodos de conciencia que pueden optar por vivir o sobrevivir. Si viven, actúan a conciencia, piensan, generan debates, opinan, disienten, aportan, coinciden, se integran conforme a propósitos deliberados. Si sólo sobreviven, son actores pasivos, re-plicantes, simples caminantes del camino señalado por otros.
5. El arraigo de la Justicia. Con las redes sociales ha ocurrido un despertar de la conciencia; el ciudadano se ha auto empoderado y ese empoderamiento no es un fin en sí mismo sino más bien una herramienta para incidir. Incidir en el entorno, transmitir ideas, puntos de vista. Una herramienta para compartir. Compartir experiencias, información…crear conocimiento. En suma, construir nuevos valores, nuevas formas de comportamiento crítico cuyo fin último no es más que esa eterna búsqueda de El Dorado, es decir, la búsqueda de la Justicia.
Creemos con Castells que nuestro reto es, pues, concebir y asumir de una vez y para siempre la lógica interactiva y nodal de Internet como herramienta para la inclusión y la colaboración.
Qué así sea!
Hace ya unos meses nos topamos en el Diario El País, con una entrevista hermosa que hicieran al profesor y filósofo esloveno Slavoj Zizek.
Muchos se quejan de que Twitter o Facebook son comunidades artificiales, sucedáneos de la interacción humana cara a cara. Yo celebro estas comunidades artificiales; te permiten escapar de tu lugar asignado en la sociedad, dijo el filósofo. Y de seguidas hizo una interesante disquisición acerca del concepto de lo posible e imposible en nuestro tiempo, esa carrera que permite que incluso se hable hoy de avances para alcanzar la inmortalidad.
Terminó su intervención el profesor confesando que vivimos en una época de sueños tecnológicos delirantes.
La intervención de Zizek nos dejó un buen sabor y abonó el terreno para empezar a preguntarnos: ¿Las redes sociales son comunidades artificiales? ¿Cuál es su rol?
De seguidas lo que hemos venido concluyendo:
Las redes sociales son comunidades. Parece una verdad de perogrullo pero efectivamente están conformadas por personas, todo tipo de personas en cualquier lugar del planeta con sus afectos y desafectos, con sus intereses a cuestas y sus irreverencias a veces. A diferencia de las comunidades tradicionales, las redes sociales en tanto grupo humano son espontaneas, directas, horizontales, más informales, pero aún así igual de humanas.
Las redes sociales no son artificiales. Si por artificial se entiende falsas, sin esencia en tanto están creadas por el hombre, no lo compartimos. Lo que difiere una red social tradicional de una red social online es el medio, el mecanismo de agrupamiento o de interconexión. En el primer caso es el contacto cara a cara, el estrechar de manos, una conversación de interés, un gesto, un detalle; en el segundo caso es un click y una esperanza. Agarramos las caras y las manos y las juntamos y hacemos un perfil clickeante, que comienza a andar a tientas por una autopista digital de nodos desconocidos que terminan siendo amigos, o simplemente seres distantes y tolerantes.
Las redes sociales son mecanismos de escape. Te permiten escapar de tu lugar asignado en la sociedad, dijo Zizek, y ello –agregamos nosotros- por razón de la inconformidad con el propio ser, con la rutina, por las privaciones personales, profesionales y en fin, sociales. Escape hacia la esperanza en nuevos modos de interactuar, diferentes a los que nos han tocado en suerte. En este sentido, implican las redes sociales online una segunda oportunidad otorgada al hombre para ser más humano y menos cosa.
Lo social en las redes. De modo que estas redes se justifican en tanto masa, en tanto grupo, como sucedáneo del individuo y más bien como impulsoras de la integración social en estadios superiores de la inteligencia humana. Qué importa que el medio sea distante y distinto al tradicional, si el fin es el mismo.
Cuáles son sus fines últimos, sus propósitos? Sin duda, no son otros que los que señala Marina en su libro “Las culturas fracasadas”: tratar de resolver las cuatro aspiraciones fundamentales del ser humano: sobrevivir, disfrutar, vincularnos socialmente, y ampliar nuestras posibilidades vitales.
Ahh, y por qué no, como dice Slavoj Zizek, fabricar una sociedad alternativa, en la que podamos encontrar nuevas formas de conciencia.
La lectura es acto aburrido cuando quien pretende enseñarla lo asume como una tarea , y quien la recibe la mira como una obligación.
La forma de enseñar literatura en el aula es una fatalidad. Es una especie de brebaje de aceite de bacalao que hay que tomar porque sí, so pena de que los “maestros” nos incuben a la fuerza 10 tomos en formato papel de la enciclopedia Británica. Eso de estudiar literatura a partir de nombres de escritores, y de sus fechas de nacimiento o muerte, o en largos ensayos “sobre autores y sus obras”, es la forma más efectiva de matar en la raíz el interés de los niños y adolescentes por el libro y sus delicias.
No es raro entonces que, ante esa paliza intelectual de los primeros años, ya adultos o viejos asociemos rápidamente y sin ningún margen de duda, un ejemplar de más de 900 páginas deliciosas de Don Quijote, o de Los Miserables, o de Guerra y Paz, con un pesado ladrillo de barro refractario.
Leer es un acto personal, muy íntimo, en el que los libros no esperan de nosotros sino la complicidad del silencio. Para ello se requiere haber conseguido un estado de plenitud espiritual, y sobre todo una firme vocación para la sorpresa.
Y como lo señala Marina, que al internarse el lector por los senderos de sus líneas, deje atrás el lugar donde está, las preocupaciones en que vive…
Para lograr esos estados ideales en el ser humano, para condicionarlo en el amor a la lectura, algunas de estas cosas que citamos a continuación, ayudan. Nunca es tarde!
1. Tener libros en el hogar. Una biblioteca personal, no necesariamente numerosa, es un buen ejemplo para los más pequeños. La existencia de libros en casa, al alcance de la mano, despierta su curiosidad, aviva sus ganas de conocer qué hay dentro de esas cajitas de papel apiladas verticalmente, o unos sobre otros, o desparramados por doquier.
2. Tocarlos, tocarlos, y volverlos a tocar. A los libros hay que tocarlos, mirar el color de las tapas, acariciar el papel, hojearlos con desinterés, como el que no quiere la cosa, pero queriendo. Dejar que las hojas se abran al azar, despacito, justo donde se nos muestre premonitoriamente una palabra o una frase que nos hablen directamente al alma. Hay que perder el temor ante los libros, y brindar confianza para que la gente siquiera los toque, los manosee. Aquí no aplica aquello de “no tocar”.
3. Disfrutar el olor de los libros. Hay que olerlos, adueñarse del libro a través de los olores, apreciar con el olfato esa aventura que se se nos ofrece sin malas intenciones, sólo esperando que seamos ese aliado cómplice que la quiera vivir, o que por lo menos lo intente.
4. Leer, leer y leer. Dejemos que el instinto guíe la aventura. La clave es leer, y leer, y seguir leyendo. Al comienzo será un tanto a ciegas, sin mucho criterio entre lo que es bueno o lo que es menos bueno. En todo caso, lo que importa en esta etapa es que se pierda el miedo, que se rompa el hielo, que la lectura sea una posibilidad nueva, deliciosa.
5. Hacer del libro una aventura. Pasado ese temor inicial, la lectura ha de ser una aventura, una apuesta a la felicidad. Como dice Marina, una aventura en la que, como el explorador que avanza intrépido por la selva, siente que la maleza se vuelve a cerrar, tras su paso, acogiéndole en un mundo de orquídeas y lianas, mariposas gigantes con ojos en las alas, rugidos de panteras y gritos de Tarzán. Todo el mundo sabe que una biblioteca es como un bosque, concluye Marina.
6. Contar con un aliado. ¿Y con quién nos embarcamos en esa aventura? – pareciera ser la pregunta pertinente. Otra vez el instinto puede servir, lo esencial es que la compañía nutra y no aburra. Como en todo viaje, hay cómplices de viajes, en este caso en la aventura de leer: una buena librería, especialmente de literatura, filosofía y temas diversos que puedan avivar el espíritu y la curiosidad por los asuntos que nos hacen humanos; un buen librero y no un vendedor de libros. Un librero gentil que nos adelante pasajes de las maravillas del viaje; un buen amigo avesado que nos recomiende, y que nos guíe.
7. Elegir los compañeros de viaje. A estas alturas, ya estaremos preparados para escoger a nuestros acompañantes, habremos adquirido las destrezas de un boticarios del alma. Todos sabremos, más o menos con cierto tino, escoger entre lo que sirve para el marketing y lo que es útil para el espíritu. De cualquier manera, no está demás invitar con frecuencia a esos viajes a los buenos amigos de antaño: Cervantes, Monteigne, Faulkner, Conrad, Kipling, Kafka, Victor Hugo, Dostoievski, Joyce…y por qué no, siempre hay que dejar un espacio también para Schopenhauer, Russell, Arendt, Borges, Sabato, Ribeyro, Paz, Cortazar, Pizarnik, Cadenas, Montejo…
Norah, hermana de Borges, afirmó en una ocasión que la pintura es el arte de dar alegrías con formas y colores.
“Yo diría -sostiene Borges- que la literatura es también una forma de la alegría”
Asumamos, pues, la aventura del libro, de la lectura como placer mayor, y para eso nos puede servir para el final esta frase de Vicente Aleixandre:
“Oye este libro que a tus manos envío con ademán de selva”.
¿Y los libros digitales? -preguntarán los más contemporáneos.
Esa es otra historia.
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