Archivo de marzo de 2010

Caracas es una ciudad caótica, hermosa y violenta.

Cada mañana nos levantamos apresurados, en dirección cada quien a su destino con la certeza de que tal vez lleguemos tarde…. una vez más. No sabremos anticipadamente si el tráfico será terrible como siempre o un poco más ligero, si los motorizados en la autopista central andarán esta vez con más cuidado o les importará un bledo los mortales de cuatro ruedas, si la calina cederá un poco, o cómo estará en la calle el humor del vecino que nos tocará en suerte. Cómo saberlo !!

Con esos pensamientos salgo a la aventura de manejar en Caracas, rumbo al trabajo.

En la oficina, hoy ha sido igual que siempre: reuniones, reuniones, reuniones, balances, presupuestos, demandas, llamadas…trabajo pesado a veces y mucho cansancio al final de la tarde. Ni siquiera tiempo ha habido para el celular, abandonado en la chaqueta.

Miré el reloj.

Basta por hoy – me dije. Agarre mis cosas, bajé en el ascensor y fuí directo por el auto al estacionamiento. Algunas personas esperaban impacientes…era viernes.

Rumbo a casa, el tráfico en la autopista era infernal. Los tres canales full de autos y motorizados a velocidad de delincuentes, a tan solo un toque de terminar estrellados. “Son unos locos”-pensé. A mi lado, en el canal del centro, un conductor me miró un instante y yo que le devolví la mirada de que te pasa tí, narizón, es que a caso se te perdió uno igual a mí o acaso te debo algo.

Axhorto, casi alcancé a golpear a un motorizado que iba lento -recorcholis!- por el canal del centro, justo delante de mí. Las luces intermitentes indicaban que la moto iba con problemas. Volví a tomar el canal lento, el de la derecha.

Rebasé al motorizado, y justo cuando pasé por su lado me dije conchale pobre gente  -el motorizado llevaba un parrilero con él-, se van a quedar accidentados en plena autopista.

Los seguí mirando por el retrovisor. La fila de autos delante de mí me hizo detener. Justo entonces ocurrió.

- Dame el teléfono hijo e puta, rápido, rápido !!  – gritaba el mismo motorizado que no estaba accidentado nada sino en pleno modus operandi.

-Rápido coño,  dame el blackberry!!   – me gritaba asestando puñetazos a  la puerta del auto, mientras yo hacía esfuerzos nerviosos por bajar el vidrio de la ventanilla izquierda del lado del conductor.

-Abre esa vaina rápido, o te doy un tiro!!  - me dijo golpeando el vidrio con una pistola el acompañante que venía sentado en la parte  trasera de la moto.

Busqué a tientas mi teléfono con la mano derecha en el bolsillo de la chaqueta.  Lo agarré.  Baje el vidrio, y se lo entregué al bendito motorizado, quien salió disparado entre los autos con su trofeo en dirección a Petare.

Uff! -dije. Menos mal que sólo fue el teléfono.

Cuando llegué a casa subí directo a la habitación. Justo al lado de la cama estaba mi blackberry….jajajajajajajajajajajajaja.

En vez del blackberry le había entregado sin darme cuenta al malandro de la autopista mi primer Motorola Startac, un viejísimo modelo año 2001, que en la mañana había tomado por error y a la carrera de la mesa de noche.

Estamos en la semana mayor. Tiempo de fé y de esperanza, de reconciliación y de buena voluntad.

Tiempo de creer.

A propósito de un librito muy recomendable cuyo título es: En qué creen los que no creen ? que contiene dialogo epistolar entre Umberto Eco y el Obispo de Milan, Carlo Maria Martini, me puse a pensar un rato y me pregunté: en quién he de creer ?

En mi Madre, por supuesto, -dije. Porque hubo de lidiar conmigo nueve meses y aún lo sigue haciendo casi cincuenta años después, sin pedirme nada a cambio, sin herirme , sin importarle un bledo cuán cerca estoy de ella pues las distancias no tienen nada que ver con el corazón.

Y en un Dios.  Dios que no tiene barba ni está sentado en ninguna parte y en todas, ni tampoco está más arriba de las nubes, ni en el cielo sino en mi absoluta certeza de que soy una partícula del universo, interdependiente, hecho a imagen y semejanza de una fuerza superior de cuya existencia no dudo ni un segundo.

El resto no son creencias ni quiero que lo sean, por el contrario, son perplejidades. Opto por las perplejidades y preguntarme a cada rato el por qué de las cosas, hurgar en lo más recondito del ser humano y tratar de entender qué lo hace diferente, qué lo mueve, qué lo hace cambiante, qué lo acerca, qué lo aleja, cuál es su verdad.

En ese afan no he obtenido respuestas ni quiero tenerlas, es mejor seguir los instintos. Mi experiencia en esa búsqueda ha sido terrible:  muchas heridas a cuesta y la más absoluta convicción de que  la verdad es una sumisión del alma.

Prefiero vivir con mis perplejidades, con el día y sus sorpresas que suelen llegar como una flecha y con la certeza de  que no sabré nunca que pasará mañana.

Por estos meses en Caracas se produce el fenomeno de la calima o calina. Es una concentración de partículas producidas por incendios forestales en la atmósfera.

El concepto del Diccionario virtual de Meteorología y Clima, define a Calima como “la existencia de partículas muy pequeñas de polvo o arena en suspensión en la atmósfera”, cuya desaparición está subordinada a la aparición de vientos fuertes o lluvias.

Pues bien, todos los días me levanto, corro a la ventana y veo el Avila, mejor dicho no lo veo, cubierto de una nube espesa que parece como si todo el humo de las quemas del país se hubiera venido a Caracas.

-Es la calima papá – me dicen mis hijos esta mañana y yo me voy al espejo y empiezo a frotarme con las manos porque de sólo escuchar la palabrita de moda se me hace lenta la respiración y me arden los ojos enrojecidos.

Camino a la oficina iba ensimismado y nunca reparé que justo delante de mi auto iba otro muy destartalado que me propinaba sin piedad una “calima” de humo de aceite de motor recien fundido.

Llegué a la oficina. Pregunté por alguien, con muchas esperanzas de empezar temprano una reunión de trabajo productivo. -No está – fué la respuesta. Cómo que no está -inquirí. Bueno señor es que ella es asmática y cuando la Calima arrecia se pone tan mal que se le tranca la respiración y cae al piso convulsionando,  como si de verdad se fuera a morir.

-Si señor, es la calima. No vió el Avila hoy? -

-Pero bueno, vale, cómo voy a ver el Avila,  si hay calima no se ve  nada.

-Ah si, es verdad !.

No es más atrasado porque no entrena -pensé.  Y me alejé de allí antes de que empezara el contagio.

Después de un duro día de trabajo, en la tarde, cerca de las seis, regresé a casa.

Coloqué mis cosas en los espacios al mejor postor, lancé la chaqueta por ahí y me dispuse a tomarme un whisky terapéutico. Me asomé a la ventana, salí al balcón, y que cosa tan rara ví un humo espeso cerca de mi casa que me impedía ver el Avila en todo el esplendor del ocaso.

-Es la calima papá – volvieron a decir mis hijos que a esa hora estaban atrincheradamente idiotizados en sus pcs portátiles.

Me dije no puede ser. Afiné la vista, el humo era denso. No era uniforme, era una especie de hilillo que subía lentamente hacia arriba, hacia las nubes.

-Que calima tan rara -pensé.

Afiné el olfato. Desde la casa del vecino se escuchaban ruidos como de gente alegre. Puse atención. Ajá – dije.

Me fuí a mi parrillera. Saque un trozo de carne, le puse sal por fuera y lo lancé a la parrilla.

- Hijos vengan, grité al rato. Aquí hay calima !

Juro que mis hijos desde este día se cuidan mucho de decir esa palabra en casa, pues temen repetir el bochornoso episodio de haber confundido la barbecue de chorizos y morcillas del vecino, con un fenomeno de la naturaleza.

Hay días en que uno se levanta y ni siquiera el sol que sale detrás de los cerros en medio del canto de los pájaros, nos hacen sentir bien; es una sensación como de abatimiento y de que la vida nos está pasando por el lado, sin que nos demos cuenta.

No obstante, hay que vestirse y salir a la calle, al encuentro de un día más que en definitiva será uno menos de nuestras vidas. Qué esperar de un día así, en el que nuestras ganas humanas se repliegan y nos sumergen en un hastío de roca. Acaso podremos sonreir en el trayecto y saludar hola don José cómo amaneció usted hoy sin que nos abata la conciencia por la hipocresía?

Qué separa al hombre del hastío y lo hace felíz?

Creo con Savater que la felicidad absoluta no existe, existen momentos de alegría, que nos devuelven de esa absoluta certidumbre diaria de que somos una pequeña y microscópica partícula del universo,  cuyo rol es estar y pasar lentamente, sin que lo notemos.

La alegría es un antídoto del hastío; sumar momentos de alegría es el objetivo más noble de todo ser humano y por ende si no los encontramos, hay que inventarlos.

Hacer de la comida un ritual de placeres, tomar el té y el café con devoción, saludar con alegría y estrechar las manos de los amigos como quien entrega en ofrenda un pedazo de sí.

Caminar descalzo, mojarse en la lluvía, cantar desafinado, llorar de alegría, gritar sin temor, bailar aunque nos cueste, abrazar prolijamente.

Leer por placer, oler los libros, escuchar a Bach, decir que sí, enamorrarse.

En suma, interesarse por muchas cosas, aunque simples, pues mientras más cosas nos interesen  más felices seremos.

Se trata pues de estar aquí y ahora, con la certeza de que hemos sido invitados privilegiados a la fiesta  de vivir !!

@rafaelfarinas

El Bastón de Borges